Las Tias

Nunca vi mujeres más putas que mis tías abuelas.
Las dos viejitas, de 79 y 83 años son hermanas de mi abuelo.
Viudas las dos, viven en una enorme casona que habían decidido comprar para estar juntas, luego de su viudez, en el centro de la ciudad.
Tía Elsa, la mayor, es una anciana alta con cabellos “rubios”, ondulados, que enmarcan un rostro largo, de pronunciada nariz y profundos ojos negros, pómulos salientes que como un grueso surco rodea una boca de labios finos y bien dibujados, que la tía se encarga de mantener pintados de rojo sangre.
Tiene la piel mas arrugada que su hermana, pero las manos, si bien pequeñas, son nudosas y manchadas con pintas marrones y ostentan unas largas uñas que también cuida de mantener pintadas.
Es afecta a las joyas y tiene anillos en casi todos los dedos, mas un grupo de pulseras que cuando mueve las manos, suena como campanillas.
Es delgada, con busto normal, y si bien la cintura es estrecha posee buenas caderas y unas nalgas pequeñas, como he podido apreciar en los momentos en que hemos ido a la playa.
Además, posee largas piernas delgadas y tiene los pies grandes con dedos largos, típicos de la familia de su madre y que mi abuelo y mi padre también heredaron.
Tía Haydee, por su parte, es casi la antítesis. Papá dice que heredó los genes de mi bisabuelo.
Es un poco más baja que su hermana, pero su piel es satinada, muy blanca, lo que condice con la blancura de sus cabellos y el azul cobalto de sus ojos.
A diferencia de tía Elsa, no le gusta pintarse y se siente orgullosa de la belleza vasca de sus ancestros.
El cuello grueso con una incipiente papada, soporta un rostro realmente dulce, de labios anchos y nariz redondeada.
Ella sí tiene un busto realmente generoso que siempre fue motivo de broma (¿cómo puedes caminar erguida con semejante peso en la delantera?, le decía mi abuelo y mi padre se reía y mi madre fruncía la boca) y aunque siempre luchó contra la gordura, a esta altura perdió la batalla y no se preocupa mas por la pancita y las caderas anchas que contienen un culo grande y pulposo.
Pero no es obesa, y eso se ve en los muslos y piernas, que si bien son rellenitos, tienen muy poca celulitis (o casi ninguna).
Los pies, a diferencia de su hermana, son gorditos y de dedos cortos y separados.
Mamá no las tenia en buena estima, porque “son unas viejas degeneradas” decía, sobre todo cuando mi padre, que era su sobrino único, arreglaba una visita.
Pero yo las adoraba, porque siempre me trajeron buenos regalos, de niño.
Luego, adolescente ya, como las viejas eran “recancheras”, su casa se convirtió en el hotel por horas donde no tenia que pagar para encamarme con alguna compañera de facultad.
En cuanto me recibí, ellas desocuparon la sala que daba a la calle para que yo instalara mi bufete, ya que como abogado principiante me era difícil solventar el alquiler de una oficina céntrica. En cambio, con ellas no pagaba alquiler y estaba, asimismo, en pleno centro.
En el continuo estar con ellas, pude entender a que se refería mi madre con su expresión: a las viejitas les gustaba bailar y siempre tenían un “candidato” a la mano, que a menudo las visitaban. Y los había de todos los pelos y colores: viejos, maduros, pelados, canosos, arrugados, morochos, incluso una vez las vino a buscar un negro retinto.
Pero eso sí, eran realmente discretas: jamás aparecieron los “novios” en el horario de atención del bufete. En realidad, siempre supuse que las venían a buscar para ir a bailar a esos locales donde se juntan los viejos para divertirse un rato y que luego las traían a la casa. A lo más, compartirían una comida, ya que ambas eran excelentes cocineras.
Sólo que una noche tuve que volver a buscar ciertos expedientes que debía presentar al día siguiente a primera hora, en Tribunales y que había olvidado llevarme conmigo.

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